Desde León o Zamora, coordina con colectivos locales que ofrecen plazas solidarias para llegar a pueblos de máscaras, campanillas y toros de fuego controlados. Me temblaron las manos la primera vez, pero un anciano me prestó su manta y explicó cada gesto. El tren nocturno de regreso parecía arrullar el sueño con cencerros lejanos.
Trenes regionales te dejan en O Barco o Ourense, y desde allí carreteras estrechas llevan a aldeas de boteiros y folión. No subestimes el frío: guantes, bufanda y respeto por el espacio de cada máscara. Una familia compartió licor café y bica, y entendí que la hospitalidad también es un fuego que baila dentro.
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